La política exterior de España II.- Los gobiernos centristas.
Miércoles, 27 Febrero , 2008
Con la llegada a España de la Democracia se comienzan a sentar las bases de lo que sería un común denominador para los sucesivos gobiernos (sin importar su signo político) en política exterior. La Constitución del 78 es una clara muestra de apertura hacia el exterior como se puede ver tanto en el Preámbulo, como en los artículos 93 a 96 que ya preveían la entrada en las entonces Comunidades Europeas. No en vano nuestra Carta Magna recibe directamente la influencia de otras constituciones europeas, principalmente la portuguesa y la alemana además de las nórdicas, la italiana y la francesa.
Tras el impasse de los últimos años del régimen de Franco, en el que nuestro país se volvió a ver aislado internacionalmente, varios países apoyaron decididamente a nuestro país en su andadura democrática. EEUU y Alemania destacaron sobre el resto de países por su apoyo a la transición democrática española, no sin ciertas reticencias por parte del primero después de la legalización del PC todo hay que decirlo, pero que fueron pronto diluidas tras el encuentro de nuestro Rey con el Presidente Carter. Alemania por su parte garantizó con los fondos provenientes de la Fundación Adenauer que la oposición democrática pasase a la mayoría de edad y de esta forma que los partidos políticos, fuera de la vida política desde la República, pudieran ser viables.
Una vez que la UCD de Suárez se encuentra asentada en el poder se vislumbran los horizontes de la acción exterior española. Europa, Occidente (estábamos en un mundo bipolar, cabe recordarlo) e Iberoamérica son las tres dimensiones en las que jugarán nuestros intereses. Se retoman las negociaciones con las CCEE (siendo Ministro para las Comunidades Calvo Sotelo, quien luego tras el 23 F llegaría a ser Presidente del Gobierno) impulsadas por la incorporación de la Grecia post-coroneles pero pronto frenadas con el no francés, siempre temeroso de las repercusiones en su agricultura de la entrada de los productos españoles pero también de la llegada masiva de inmigrantes a su territorio. Como se puede observar, la sensación de “déjà vu” con la moratoria a la libre circulación de trabajadores para los países incorporados en 2004 es evidente, antes del fontanero polaco existió el albañil español.
Respecto a Occidente, la forma de entrar en la OTAN fue, cuanto menos, curiosa. Sabedores de la opinión negativa existente tanto por parte de la oposición como de la opinión pública española, Calvo Sotelo se decidió a solicitar el ingreso en la Organización (aunque esto no es exacto, a la OTAN sólo se entra por invitación de un país miembro y previa unanimidad) en el tiempo de descuento, dejando la papeleta al gobierno entrante (González había dejado ya muy claro su posición con su famoso lema “OTAN, de entrada no”). España se definía claramente como parte del bloque occidental, con un capitalismo de mercado, respetuoso de los Derechos Humanos y con la táctica de la humildad como forma de hacer política exterior en esos años. Dentro de nuestro país se alcanzó un acuerdo sin precedentes sobre temas como la no nuclearización de nuestro territorio, la posición respecto a Gibraltar (se abrirá la verja finalmente en 1982) o la profundización de nuestros lazos con Iberoamérica.
Quizá lo más destacable del periodo, además de la valía de personas como Calvo Sotelo, Suárez o Marcelino Oreja, sea el espíritu pragmático con el que se planificó la política exterior de una pequeña potencia para los años venideros y que tanto se echa en falta hoy en día, tanto por parte del Gobierno como de la oposición. Esto es, una auténtica política de Estado basado en la realidad de nuestro país y en unos objetivos que traduzcan dicha realidad en una política exterior coherente con éstos.
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